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A eso de las tres de la mañana recordé que alguien me había contado que había que pagar impuestos si uno lleva varios artículos iguales, porque se presume que serán vendidos. Yo llevaba a Uruguay 52 plaquettes del Inventario Colectivo para dejar allá algo de mi trabajo. COLAPSO!! porque pensé que me detendrían en aduanas y que tendría que pagar un monto con el que no contaba y que me dejarían detenida sin poder entrar al país y que, como no podrían mantenerme en el aeropuerto me llevarían detenida y mal... todo mal. En informaciones no había nadie, pero había un teléfono que, con sólo levantarlo me comunicaba con una operadora; a ella le pregunté por el tema y me dijo que lo más probable era que tendría que pagar el impuesto o que tendría que dejar mis libracos tirados en alguna parte si es que no podía demostrar que eran de distribución gratuita. Luego pregunté en otras aerolíneas para ver si conocían la legislación uruguaya al respecto y nadie sabía qué responderme. Finalmente decidimos sentarnos en el Gatsby y a todas las plaquettes, en la primera página tuvimos que ponerles "distribución gratuita" y llegada la hora me hice la loca y pasé por todos los controles más asustada que la chucha pensando en que me detendrían como a una vulgar lumpen.
Totalmente estúpida me sentí cuando en paraguay nos pasaron unas papeletas de declaración de equipaje que había que entregar en Montevideo porque había un ítem que decía "los libros, folletos, etc... son objetos libres de gravamen". Peor me sentí cuando en unas cuantas oportunidades quisieron comprarme las plaquettes, porque decían "distribución gratuita"
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Finalmente fui a Uruguay y, a parte de centenares de fotografías me traje de vuelta un montón de impresiones de Chile.
Siempre creí que, para entender la idiosincrasia de un país, había que estar adentro, sin contaminarse de las extranjerías, pero ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba. El constante choque con otra cultura me permitió cuestionar y, posteriormente comprender cosas que hasta hace menos de un mes tan sólo intuía. Finalmente las cuentas que saqué no son alegres y pretendo exponer de a poco lo que vi, lo que supe y lo que pude comparar.
Por lo pronto partiré contando cómo se dieron las cosas.
Debo confesar que, como nunca había volado, la idea de viajar en avión me tenía pésimo. Dos semanas antes de partir de viaje estuve soñando puras guevadas que me hacían despertar exhausta y gracias al apoyo de Arturo pude tranquilizarme y tomar la maleta para abordar.
El avión salía de santiago, en dirección a Paraguay (no sé por qué dimos una vuelta tan larga, pero ahora lo agradezco) a las 6 de la mañana y como hay que estar 2 horas antes de la partida para viajes internacionales en el aeropuerto, debíamos llegar a las 4 de la madrugada, por lo que decidimos con Arturo ir a pasar la noche al aeropuerto.

Sin saber con lo que nos íbamos a encontrar, felizmente dimos con un aeropuerto en total calma y quietud.
Es común que la gente pase la noche en los aeropuertos. Había muchas personas que dormían en los asientos, incluso sin zapatos y con sus bolsos a los lados, sin temor a robos o a todo aquello que imaginé caótico por la expectativa.
Seguramente debo parecer una huasamaca de la peor calaña contando algo que muchos deben saber, pero qué más da. Yo quedé impresionada con todo ésto que desconocía.
Finalmente a las 4 de la mañana en punto, llegaron mis compañeros de fundación y comenzamos los trámites del abordaje. Un papeleo de puta madre, del que poco y nada logré comprender, pero que al hacerlo temprano me permitió despedirme de Arturo y reunir las pelotas que necesitaba por todo el miedo que tenía.