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No sé cómo presentar esta carta. Me quedo sin palabras y es que me encantaría fabular que somos grandes amigos con Carlos, y que nos conocemos desde siempre, pero... 
La verdad es que la primera vez que me encontré con textos de Degregori, fue en Un País Imaginario, de Medo y morí. Ese libro me lo regaló César Eduardo Carrión, cuando nos conocimos en el Encuentro Iberoamericano de Poesía VÉRTIGO DE LOS AIRES en el DF. Luego partí a Lima y me encontré con un par de cosas más, hasta que Willy Gómez Migliaro me regaló otra antología de poesía peruana y se me hizo el panorama así, de una. 
Bus.

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Pocas veces he conocido autores tan apasionados como Medo, con esa locura en los ojos que te hace decir ¡si! definitivamente estoy en presencia de un poeta, y lo supe cuando lo vi llegar de un encuentro en Ecuador a lanzar su libro Transtierros, que publicó en FUGA y que lanzamos de pura suerte en la FILSA. Estábamos en el Wonder Bar, minutos antes del lanzamiento y aparece enorme, de la mano de Ludy, y nos sentamos a conversar y fue flechazo inmediato. Yo quería esa pasión para hablar, esa propiedad que te da únicamente el oficio, esa fortaleza para decir cualquier cosa porque se prefiere mil veces estar en lo cierto, o totalmente equivocado, pero decir algo antes de ser un gueón tibio, o como bien dijo Víctor Jara, "ni chicha ni limoná". Y para ser así, supuse que el comienzo de aquello debía ser excepcional. Afortunadamente no me equivoqué. 
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Una de las cosas que me fue negada en la vida es el romanticismo en el sentido clásico. 
Odio que me regalen flores, pues me parecen incómodas, se marchitan y es poco ecológico (aunque, honestamente, la ecología me viene en mierda); no me gusta el chocolate, me hostiga; odio, pero verdaderamente DETESTO los peluches, porque los encuentro poco prácticos, se ensucian, y están llenos de ácaros.

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La mantis religiosa


Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm de
          mis ojos
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del
         Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palo seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza
          cáscara.

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Yo ya no tengo paciencia
para aguantar todo esto.
Micaela Bastidas



Lo harán volar
con dinamita. En masa,
lo cargarán, lo arrastrarán. A golpes
le llenarán de pólvora la boca.
Lo volarán:
¡Y no podrán matarlo!


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Este poema me cansé de buscarlo en la web y me encanta. Finalmente lo conseguí en papel, claro, así que me doy a la tarea de transcribirlo. Espero que les guste, tanto como a mi.


También tienen los pobres sus castillos
en el hambre. y levantan, claman, llaman.
Matan el tiempo con su vida. Muerden
manzanas con los ojos. También alzan

-a pura tumba-cruces contra el cielo.
Cierran los besos para siempre. Miran
con años de deseo. Avanzan, cuerpo
a tumba, con la muerte.
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